Discurso del ministro holandés de Enseñanza, Cultura y Ciencia, Ronald Plasterk con motivo de la conmemoración de las víctimas en la lucha por la libertad de prensa.
Ronald Plasterk
“Cuando nuestros hijos tenían 3 y 4 años, mi esposa y yo opinábamos que era hora de abandonar el trajín de los canales de Ámsterdam y nos mudamos a la localidad de Bussum, donde vivimos desde hace12 años. Cuando nos habíamos cambiado, hablé con uno de mis nuevos vecinos, ya fallecido, que me susurró algo extraño en el oído: “esa casa fue una casa de judíos”. Me pareció extraño, porque en Holanda la expresión “de judíos” se utiliza mayormente en sentido antisemita: “una propina de judíos, es decir demasiado pequeño, una jugada de judíos, es decir una mala jugada. “Si supieras....” pensé, pero sobre eso hablaré más adelante.
Efectivamente en la casa de Bussum habían vivido judíos. Figuran en el sitio web www.joodsmonument.nl, el esposo sobrevivió a la guerra, la empleada doméstica, Elisabeth Pijpeman Utrecht, 24 de diciembre de 1917 - Sobibor, 9 de abril de 1943, alcanzó la edad de 25 años. Eduard Meyer Wessel Ámsterdam, 27 de noviembre de 1923 - Auschwitz, 24 de septiembre de 1943, hijo alcanzó la edad de 19 años.
Poco después del cambio, me puse a pintar la casa como un loco; hay mucha madera que había que lijar, pulir y barnizar. De vez en cuando pensaba: “Esta pintura que estoy quitando con mi quemador, ha sido aplicada cuando la familia Wessel vivía aquí. Tan cerca está el Holocausto.
Y recordando las palabras del vecino pensé: “Si supieras que ahora vive en esta casa nuevamente un medio judío, porque yo soy judío por una cuarta parte y nuestros dos hijos cada uno por una octava parte, así que sumando...” Mi abuelo Plasterk fue cirujano y ginecólogo en Berlín. Durante la Primera Guerra Mundial había servido como médico en el frente. Aparentemente había sido muy valiente, porque le habían condecorado con la Gran Cruz de Hierro. Poseo un dibujo de él donde lleva la condecoración con orgullo; con los bigotes grandes, uniformado, un verdadero alemán. Él no era creyente, pero sus padres eran judíos de ascendencia y de fe. Cuando se casó con mi abuela, una robusta y rubia católica, no se opuso a la educación católica de sus hijos. Todo marchaba bien, vivían una vida placentera en el Berlín mundano de los años 20.
Después de “Kristallnacht” -La noche de los Cristales Rotos-se aconsejó llevar las estrellas amarillas, aunque todavía no era obligación. Pero para mis abuelas eso bastó. Enviaron a mi padre, que tenía 11 años, y a su hermano Hans a un internado en Holanda, hasta que toda “esa tontería” hubiera pasado. Los dos viajaron en tren con una enorme maleta. Todos sobrevivieron la guerra, mi abuelo gracias a su matrimonio que fue considerado como “priviligierte Mischehe”, un “matrimonio mixto privilegiado”. En Berlín regían las leyes de Núremberg, en los ghettos de Varsovia los aplicaban de manera menos sutil.
Mi abuela ganaba el dinero, porque su esposo no podía salir de la casa. Sólo once años después, los padres volvieron a ver a sus hijos que ya eran adultos. Los chicos habían sido acogidos con mucho cariño por una familia católica y en la escuela por los frailes. Mi padre se quedó en Holanda, se casó con mi madre, una holandesa católica. Como muchos otros niños me distancié a los catorce años de la religión católica y volví al ateismo de mi abuelo, pero, a pesar de ello, siempre he tenido mucho respeto por esa gente de Brabante que se habían apiadado de los dos hermanitos de Berlín, simplemente porque se tenía que hacer, porque no se podía dejarlos abandonados a su suerte. De no haberse producido la Guerra, yo no habría nacido y nuestros hijos no habrían existido. La Guerra y la persecución de los judíos están cerca, forman parte de nuestra vida, de nuestra historia.
Y con esta introducción llego a mi pregunta: ¿Es único el holocausto? ¿O es un genocidio como muchos otros? El problema es que, antes de poder responder esa pregunta uno tiene que tomar distancia de la distorsión del tema como consecuencia de la experiencia en el propio país, en la propia casa, de la propia historia familiar. Aún así creo que el Holocausto fue único, en dos aspectos.
En primer lugar por el planteamiento frío, industrial, burocrático. En otras partes millones de personas han sido asesinadas en furia, en un ataque de cólera, o como consecuencia del abandono y la indiferencia, o con intención calculadora y odiosa.
Pero la matanza organizada, industrializada, los trenes de cada mañana, las cámaras de gas, los hornos, la actitud adoptada poe el personal “no es un gusto hacerlo pero hay que asumirlo”; la combinación de todos estos elementos es única.
Y en segundo lugar, asumiendo el riesgo que los elementos etnocentristas desempeñan un papel en esta apreciación, cuando que se creó la iniciativa del Holocausto, Alemania era el país más desarrollado del mundo. No era un país con masas iletradas, hambrientos salvajes errantes, sino un país con habitantes con buena educación, herederos directos de Bach y Mozart y de genios de la ciencia como Einstein (en cuyo regazo estuvo sentado mi tío Hans en Berlín, como me contaba con mucho orgullo mi abuela); en ese país se produjo la matanza y no era dirigía contra extranjeros o inmigrantes, sino contra personas que se consideraban alemanes o holandeses.
Si pudo ocurrir allí podrá volver a ocurrir siempre, en cualquier parte del mundo.
Hoy conmemoramos a las personas que han muerto, no solamente las víctimas del Holocausto, sino todas las víctimas de la Segunda Guerra Mundial y de todas las guerras que se produjeron después. Esas personas han sacrificado lo más importante, su vida, para dejarnos el bien supremo: la libertad.
Aquí conmemoramos especialmente a los periodistas que han honrado la palabra libre. Esa libertad es indivisible, pero al mismo tiempo esa libertad conlleva la plena responsabilidad por los actos y en consecuencia uno no debe incitar al odio o la violencia o insultar deliberadamente.
Cuando depositemos la corona cada uno tendremos nuestros propios pensamientos. Yo pensaré en Eduard Meyer Wessel, 16 años de edad, quien, cuando estalló la guerra, dormía en la habitación y vivía en la casa donde duerme y vive ahora mi hijo de 16 años, y quien murió a los 19 años, solo, sin familia ni amigos, el 24 de septiembre de 1943, en circunstancias que preferimos desconocer. Conmemoramos a los difuntos llenos de agradecimiento, pero también aturdidos. Hablamos, pero cada palabra sobra. Hace casi 65 años, pero el tiempo no es nada. Somos seres humanos de la palabra, pero a veces nos faltan las palabras. En realidad comprendemos muy poco. Sólo sabemos que vivimos, y hoy conmemoramos a los muertos”.



























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