La primera cumbre de los países BRICs – que reúne a Brasil, Rusia, India y China – se reunió recientemente en Ekaterimburgo. Generó expectativas y provocó reacciones mucho por encima de lo que se podría haber imaginado hace pocos meses.
Marcel Biato
¿Qué se podrá esperar como resultados concretos de la acción de un agrupamiento que nació de las conjeturas de un analista de mercados financieros? Tal vez más importante, ¿cómo explicar que un acrónimo concebido hace casi diez años pueda hoy, cuando el mundo pasa por transformaciones tan dramáticas, condicionar las estrategias de líderes mundiales?
La respuesta parecería estar en la extrema fluidez política y experimentación institucional del momento. El actual cuadro de incertidumbre económica, causado por el dramático derrumbe de los mercados financieros en los países avanzados, vino a reforzar la percepción de la globalización, sobre todo como un movimiento de interdependencia fuertemente perversa.
Parecen olvidadas las importantes ganancias que la integración de cadenas tecnológicas y la aplicación de conocimientos científicos puedan ofrecer para acelerar la eficiencia productiva y el bienestar colectivo. Prevalece un sentimiento de inercia e incluso de perplejidad frente a retos que se multiplican de forma aparentemente desordenada e imprevisible.
Reto sistémico
El cambio climático, así como la inseguridad alimentaria y energética, nos obligan a reconocer que sufrimos un reto verdaderamente sistémico, que va mucho más allá de cuestiones localizadas y, por lo tanto, de respuestas tópicas. El mundo contemporáneo se ve enfrentado por desafíos de gran complejidad, pero que requieren respuestas urgentes.
Vivimos así una era de quiebra de paradigmas y de agotamiento de soluciones antes consensuales. Cuando los mecanismos de coordinación multilateral son más que nunca requeridos, esas mismas instituciones se han mostrado impotentes, incapaces de responder a las expectativas de una comunidad internacional desorientada y atemorizada.
En reciente artículo que hizo publicar días antes del encuentro de Ekaterimburgo, el presidente brasileño Lula recordaba que, en la 61 Asamblea General de las Naciones Unidas, en septiembre pasado, él había declarado que había llegado la “hora de la política”. Es decir, había llegado el momento de tomar decisiones difíciles y aceptar responsabilidades colectivas, una vez que nos enfrentamos con peligros que afectan a todos.
El papel de los países ricos
Sin embargo, los que más contribuyeron para este estado de las cosas no son sus principales víctimas. No se puede ignorar el hecho de que la sociedad moderna necesita reevaluar un sistema productivo que despilfarra masivamente los agotables recursos naturales del planeta y estimula niveles de consumo y ganancia insostenibles. Lo que es peor, al mismo tiempo condena a miles de millones de sus habitantes a una vida en condiciones infrahumanas de pobreza y desesperación. Por eso, en Ekaterimburgo los BRICs se plantearan un conjunto de preguntas fundamentales si vamos a hacer frente a este escenario.
¿Estarán los países ricos dispuestos a aceptar supervisón económica y el monitoreo del sistema financiero internacional que ellos dominan, de modo que se evite el riesgo de un nuevo derrumbe económico global?
¿Estarán dispuestos a abdicar de la mano de hierro con que controlan la toma de decisión en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial? ¿Apoyarán la creación de mecanismos que habilitan a ambas instituciones para generar mayor transparencia y eficacia a las inversiones? Sólo así se desincentivará la búsqueda de aplicaciones financieras cada vez más complejas y riesgosas en países desarrollados, con el riesgo de nuevas burbujas hipotecarias y crediticias. La alternativa a la baja rentabilidad de los capitales en mercados económicamente maduros sería invertir en países en desarrollo, donde las tasas de retorno son más altas y más urgentes las inversiones productivas.
¿Aceptarán cubrir los costos de la adaptación tecnológica necesaria para que los pueblos de los países en desarrollo también puedan beneficiarse de los avances de la ciencia moderna, sin causarle daños irreversibles al medioambiente global? En otras palabras, ¿estarán los países industrializados, que iniciaran el proceso de calentamiento global hace más de dos siglos, listos a pagar el la mayor parte del costo de la transformación de la matriz energética global? Sólo así se garantirá el beneficio del crecimiento a las economías tardíamente industrializadas, quienes apenas recientemente pasaron a contribuir significativamente a la emisión de gases de efecto invernadero.
¿Modificarán las insistentes demandas para que se eliminen los subsidios proteccionistas que tornan inviable la agricultura moderna en muchos países en desarrollo, una protección que deja a los agricultores pobres de esos países a la merced de especuladores en commodities o de donantes generosos? ¿Cesará la resistencia a que el etanol importado de países en desarrollo haga avanzar la revolución de las fuentes energéticas alternativas, limpias y renovables?
Necesidad de reformas
Son estas algunas de las interrogantes que se hicieron los líderes de los BRICs al reunirse en Ekaterimburgo. El encuentro representó, por lo tanto, mucho más que la primera cumbre de un novedoso mecanismo de diálogo y concertación internacional. Representó una llamada a rever la forma como respondemos colectivamente a los grandes retos de la agenda internacional.
En Ekaterimburgo, los cuatro líderes se comprometieron a aunar esfuerzos para que se encuentren respuestas creativas para problemas añejos y ofrecer liderazgo innovador frente al cuadro de impotencia que domina los foros multilaterales y de la demora de las naciones avanzadas en asumir sus responsabilidades.
Fue en base a ese entendido que ya durante la cumbre del G-20 financiero en Londres, abril último, los BRICs insistieron en que los países desarrollados aceptaran reformar el sistema de voto y de cuotas de las instituciones de Bretton Woods. Cuando los países emergentes pasan a ejercer un papel cada vez más determinante en la solución de los problemas globales, es imprescindible que tengan una voz proporcional en la toma de decisiones que les impactan directamente.
También se logró obtener el compromiso de los países ricos en favor de la constitución de un fondo internacional que propiciará asistencia financiera rápida y eficiente – y libre de dogmas neo-liberales – para países bien administrados, pero que hayan sido golpeados por la súbita caída de sus exportaciones y por la carencia de crédito.
Otra institución de posguerra que ha caducado es el sistema de pagos internacionales centrado en el dólar norteamericano como exclusiva moneda de reserva. Son obvias las ventajas de un sistema monetario basado en una canasta de monedas, que podría incluir un rol para los derechos especiales de saque del FMI. Como importante paso en esa dirección, Brasil está contribuyendo activamente para el establecimiento de un sistema de pagos suramericano centrado en el comercio en monedas locales, es decir, sin recurrir al dólar norteamericano.
Éstas son sólo algunas de las iniciativas que llevarán los BRICs a la próxima Cumbre del G-20, en Pittsburg, en septiembre de este año. Estarán igualmente en la pauta del encuentro del G-5 (Brasil, China, India, México y Sudáfrica) con el G-8, que se reúne próximamente en Italia. También estará sobre la mesa en estos foros la expectativa de que, pasado un semestre desde la elección del presidente Barack Obama, se pueda concluir finalmente la Ronda de Doha. En un momento de crisis económica global, su finalización con bases equilibradas sería una poderosa señal de una determinación colectiva de no permitir que presiones proteccionistas retrasen la recuperación del crecimiento económico global.
La renovación de las Naciones Unidas es igualmente prioritaria para que el sistema multilateral pueda recuperar su credibilidad y ganar relevancia en los debates sobre los retos contemporáneos. Posponer esa reforma, sobretodo la del Consejo de Seguridad, sólo acelerará la pérdida de autoridad de un órgano crucial para la construcción de la paz y seguridad internacional.
La caída temporaria de los precios de las commodities agrícolas no nos debe conducir al riesgo de una nueva crisis alimentaria. Por eso, en Ekaterimburgo se habla de cómo dar continuidad al Plan de Acción contra el Hambre de las Naciones Unidas, lanzado en 2004.
Iniciativas como éstas demuestran que los BRICs constituyen más que un agrupamiento de países unidos meramente por el tamaño de sus respectivas economías, la escala de sus riquezas naturales y la voluntad de proyectar sus valores e intereses nacionales.
Influencia de los BRICs
La verdad es que son países que en años recientes han demostrado un crecimiento robusto. El comercio entre los cuatro creció 500% desde 2003, lo que ayuda a explicar por qué generan actualmente el 65% del crecimiento económico global y representan, por ende, la principal esperanza de que la economía global pueda recuperarse rápidamente de la recesión mundial. Se comprende así las crecientes expectativas depositadas sobre esos cuatro países y sus líderes. Se espera que ejercerán liderazgo responsable y democrático a favor de la reconstrucción de la gobernabilidad global y de crecimiento sostenible para todos.
Los BRICs, junto con los demás países emergentes, están dispuestos a asumir tareas crecientes. Eso significa, sin embargo, más que transformarse en responsible stakeholders en los términos propuestos por los países que aún hoy controlan las instituciones globales. Los países ascendientes están dispuestos, sí, pero en sus términos. Esto no significa simplemente demandar un lugar en la mesa grande en provechos de sus intereses estrictamente nacionales. Entienden que, en un mundo cada vez más interdependiente, es fundamental democratizar el sistema de modo que los intereses y perspectivas de un número más grande de países y actores puedan hacerse oír.
Como indicado anteriormente, en muchos de los grandes temas de la actualidad - reforma de las instituciones financieras globales, conclusión de la Ronda Doha, ampliación del Consejo de Seguridad - ya demostraran disposición para colaborar, pero de modo coherente con la agenda de apoyo al desarrollo. Entienden que tales medidas serían el primer paso para empezar la recuperación de la credibilidad de las instituciones multilaterales, única instancia con el necesario apelo universal para acordar soluciones verdaderamente consensuales y por lo tanto duraderas.
La coligación de los cuatro representa sobretodo el reconocimiento de que no basta tener la razón o la justicia de su lado. Nadie levantará la voz a favor de los más vulnerables si éstos antes no se unen para formar un bloque cohesionado. Éste es el reto mayor que los BRICs han aceptado, y éste es el mensaje que la Cumbre de Ekaterimburgo trae.




























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