Llega fin de año, y cumplimos con el ritual de hacer un balance para no incurrir en los mismos errores, tropezar con la misma piedra y meter la pata en el mismo agujero.
Hace diez años nos anunciaron el fin del mundo, pero aquí hemos permanecido y parece que hasta el 2012 estamos asegurados. El epílogo fue anunciado tantas veces que casi no se puede creer en él, aunque los agoreros del final abrasado de llamas se empeñan en mantener encendido el fogón apocalíptico.
El balance siempre es individual, pero como somos seres sociales todo lo que hacemos repercute en los demás, quizá no en pocas horas, pero sí en un par de años. Uno de los errores que no deberíamos repetir es fracasar en conferencias para preservar el medio ambiente. En Copenhague se presentaron muchos proyectos para detener el proceso de degradación del planeta, que de seguir así terminará por cansarse y nos asfixiará. Bajo la mirada indiferente de la Sirenita de Hans Christian Andersen, cada país defendió sus mezquinos intereses y los de sus elites multi-billonarias dejando de lado los cuentos infantiles y a seis mil millones de desocupados o esclavos asalariados, recientemente designados con el nombre de consumidores. A lo largo de la Historia, la humanidad fue esclava, luego sierva y posteriormente alcanzó el estatus de ciudadanos.
En Europa las democracias luchan heroicamente por sobrevivir, pero a costa de haberse deshecho de las industrias sucias y sus trabajadores. Aquella pobreza europea de hace 100 años y hasta mediados del Siglo XX fue exportada a todos los rincones del planeta. Chocando así con la misma piedra que Atenas hace 2.500 años, una democracia de poquitos y la gran mayoría excluida. Claro que los ociosos atenienses pusieron las bases de la sociedad moderna y ahora se ven pocos Sócrates y Platones y nuestros herederos despreciarán el legado de estupidez que les dejaremos. Y no les faltará razón, ya que creemos las mentiras de los mercachifles televisivos y en las bondades de las sonrisas de los avisos publicitarios.
Como consumidores, aunque ya terminamos la primer década del Siglo XXI, creemos a ciegas lo que los vendedores nos proponen que compremos, pero cabe preguntarse ¿qué negociante nos diría los defectos que puede tener su producto? Sin embargo comentamos las virtudes de los productos por lo que nos cuenta la televisión, o leemos en los periódicos. Esa publicidad cuesta mucho dinero y en algunos casos, como en los cosméticos, es la mitad o más del precio que pagamos por su compra. Es decir que pagamos para que nos bombardeen con publicidad para convencernos de lo bueno del producto y cumplir con el papel de consumidor.
Además, muchas marcas nos cobran por llevar su logotipo en la ropa que llevamos, cuando en realidad debería ser al revés, como sucede con los deportistas. Los futbolistas, tenistas, ciclistas y otros héroes del deporte cobran por aparecer con ropa de su patrocinador, que después paga sueldos de hambre a los trabajadores de los países del tercer mundo. Por si eso fuese poco, los consumidores ya no pueden ver la Luna entre tanta estrella de neón. Los colores encandiladores son electricidad despilfarrada que, para generarla, produce toneladas de bióxido de carbono.
Las estrellas de verdad, que guiaron a Reyes Magos y navegantes, esas sólo sobreviven en lugares remotos, en arrabales plateados por la luna, románticos y peligrosos, donde resuena la voz de Carlos Gardel, y también en los cuadros de Vincent van Gogh.
Bueno, también ven estrellas quienes reciben un buen mamporro en los dibujos animados. Quizá los consumidores necesitemos un varapalo similar para recuperar las estrellas y volver a ver, para no meter la pata en el mismo agujero.





























Excelente escrito y con un grado de humor que ha pesar de lo ocurrente y real esa demasiado vigente para que esta atribulada humanidad todavia atrapada en el consumismo desenfrenado aprenda de que todavia hay quienes con las neuronas bien despiertas nos alerten de una increible realidad . FELICITACIONES >
Hola Don ramón Haniotis:
Felicitaciones por su artículo nada más descriptivo de lo que nos estamos convirtiendo los seres humanos.
Pero quedan esperanzas mientras exista un medio de comunicación como Radio Nederland y personas como Usted que llamen a la reflexión.
Feliz 2010 para Usted y sus colegas.
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