En un laboratorio sin par, científicos de la Universidad de Ámsterdam realizan estudios sobre el proceso de aprendizaje de los bebés.
Sylvian no despega la vista de las figuras y sonidos cambiantes en la pantalla del ordenador que concitan su atención. Fascinado, a sus seis meses de edad, el pequeño se encuentra en el Babylab de la Universidad de Ámsterdam, donde se lleva a cabo una investigación sobre el aprendizaje en los bebés.
El Laboratorio de Bebés de Ámsterdam es único en su género. Si bien en otros lugares también se investiga sobre el proceso de aprendizaje en los bebés, aquí se incluye a pequeños menores de seis meses, para establecer la manera en que aprenden a reconocer categorías.
El estudio es tan inusitado y diferente que los investigadores de Ámsterdam han recibido un subsidio extra de medio millón de euros, del que ya podrán disponer esta semana.
Desarrollo anómalo
¿Por qué es tan importante establecer la manera en la que un bebé aprende a diferenciar un gato de un perro?
Según la investigadora jefe Maartje Raaijmakers, “en determinados aspectos, algunos niños no aprenden bien, y para comprender las causas de ese desarrollo anómalo es imprescindible entender el proceso normal de aprendizaje”.
Un ‘Eyetracker’, como se conoce en círculos científicos esta minúscula cámara, sigue minuciosamente el movimiento ocular del bebé Sylvian. Lo esencial en el estudio es establecer en qué dirección dirige el niño su mirada. Desde la habitación de control, a pasos de allí, los investigadores vigilan atentamente cada movimiento de Sylvian.
Calma
Los científicos han retirado todo lo que pueda distraer la atención del bebé, quien se encuentra en una habitación insonorizada y oscurecida con cortinas negras. Aunque permanece fuera de su visión, la madre está presente, para la necesaria tranquilidad del niño.
Con cierta regularidad, el bebé puede ver figuritas de perros y gatos. Un gato aparece en el centro, y luego desaparece, para posteriormente reaparecer en el extremo superior de la pantalla. Los ojitos del conejillo de indias se mueven en esa dirección.
Luego aparece un perro en el centro de la pantalla y seguidamente en el extremo superior izquierdo, y Sylvian no despega la vista del ordenador.
Al cabo de algunas repeticiones, él tiene todo bajo control. Si aparece un perrito en el centro y luego desaparece, sus ojitos se mueven hacia el extremo superior izquierdo, donde espera su reaparición. Si primero ve un gato, mira espontáneamente hacia el extremo superior derecho, donde debe aparecer un gato. De esta manera el bebé ha aprendido a diferenciar la categoría ‘perro’de la de ‘gato’.
Mientras más pronto, mejor
Cabe preguntarse si este tipo de investigación es realmente acertado. ¿Necesitamos saber tan pronto en la vida de un niño si puede o no aprender con normalidad?
“Lo que en realidad sabemos del desarrollo cerebral es que es extremadamente flexible en edades tempranas,” comenta la investigadora Raaijmakers, “por consiguiente, en esta edad, el cerebro puede registrar enormes cambios. Mientras más mayor se hace un niño, más difícil es producir cambios en su cerebro, lo cual posee especial relevancia en la temprana detección de trastornos como dislexia, y ofrecer a muy temprana edad un programa de estimulación para tratarla”.
En otras palabras, mientras más pronto , mejor. ¿Es ésa también la razón por la que la madre de Sylvian permite que realicen investigaciones con su hijo?
“Para nada,” replica la madre, “no me preocupa en absoluto. Pero ahora que soy madre, no hay nada que me fascine más que mi hijo, y quiero saber exactamente como el aprendizaje tiene lugar en su cabecita”.





























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